Brotan las primeras plantas entre Alastuey y Arbués apenas un mes después del incendio de Las Peñas de Riglos

42 días han pasado desde que el incendio de Las Peñas de Riglos lo arrasara todo -poco más de una semana desde su extinción- y la naturaleza vuelve a abrirse paso en los montes de Alastuey, Arbués y Bailo. Además, los pinos carrascos han comenzado su proceso de regeneración y se observan los caminos que los animales van dejando cuando bajan a beber agua a los arroyos y manantiales. Un ejemplo de la resiliencia de la naturaleza y que se está ya replicando en otras zonas afectadas por el incendio.

Brotan las primeras plantas entre Alastuey y Arbués apenas un mes después del incendio de Las Peñas de Riglos.
Brotan las primeras plantas entre Alastuey y Arbués apenas un mes después del incendio de Las Peñas de Riglos.

Un desastre natural sin precedentes… y las primeras plantas solo unas semanas después de que el fuego lo arrasara todo

El incendio forestal de Las Peñas de Riglos fue un desastre natural sin precedentes. De los peores que se recuerdan en Aragón. Tras 34 terribles días, el balance arrojaba 14.500 hectáreas de bosque y matorral quemadas, más de mil personas evacuadas de sus casas y unas consecuencias irreparables a todos los niveles, de las que todavía se desconoce su alcance real.

Afortunadamente, la naturaleza no deja de sorprender. José Miguel Navarro y Pablo Vallés (Huesca Naturaleza) compartían hace unos días desde la zona cero una imagen que llega como un soplo de aire fresco entre tanto desastre. 42 días han pasado desde que el incendio de Las Peñas de Riglos lo arrasara todo -poco más de una semana desde su extinción- y la naturaleza vuelve a abrirse paso en los montes de Alastuey, Arbués y Bailo. Pequeños brotes verdes que surgen entre las cenizas y la devastación absoluta y se transforman en un enorme mensaje de esperanza.

Las plantas más resistentes… y la naturaleza más resiliente

«Hemos encontrado espino albar, aliaga, rosal silvestre y robinia. Ya han empezado a crecer otra vez. Aunque también hay otras plantas, como un muérdago, que no ha sobrevivido. Vimos muchas herbáceas; gramíneas y umbelíferas, sobre todo», explica José Miguel Navarro, naturalista y educador ambiental.

No obstante, como apunta Navarro, hay que abordar el rebrote de estas primeras especies con prudencia. El desastre fue tan grande que «no espere nadie ver al año que viene -ni dentro de diez- un bosque parecido al que había. Pasó el fuego muy rápido y se va a recuperar muy pronto. Pero eso sí, los árboles que están muertos ya no resucitan. Brotarán otra vez, pero lo harán desde la cepa», señala. Al pasar las llamas muy rápido, la capacidad de destrucción en la superficie fue muy grande. Pero dejó intacto el lignotúber. Así se conoce la parte subterránea de algunas plantas. En ella se almacenan yemas latentes de las que surgirán brotes nuevos cuando el fuego ha destruido la parte aérea.

Con todo, resulta reconfortante ver crecer las primeras plantas en el mismo lugar que hace apenas unos días todo era fuego, humo, devastación e impotencia. Navarro y Vallés se acercaban a uno de los lugares más afectados por el incendio, en pleno corazón de La Jacetania. Estudian las consecuencias del desastre, que abordarán en el marco de su proyecto de sensibilización y educación ambiental Huesca Naturaleza.

Allí, en medio de la «destrucción aparentemente absoluta» se encontraban un ejemplar de pinus halepensis. Se trata de una variedad mediterránea, «acostumbrada a convivir con los incendios desde la Prehistoria y que se ha adaptado para sobrevivir a ellos», explica Navarro. Popularmente conocido como pino carrasco, es un árbol que, precisamente, utiliza el fuego como mecanismo de reproducción.

Piñones esperando las lluvias del otoño para iniciar el proceso de regeneración

«Este árbol ha muerto y seguramente ya no volverá a rebrotar. Pero todas las piñas están abiertas. Son piñas serótinas, cerradas y selladas con resina durante años. Estaban guardadas como si fueran cápsulas de emergencia y que solo se han abierto una vez que el fuego les pasó por encima», destaca Navarro.

Con el calor extremo de un incendio, la resina se funde y la semilla se libera. «Sus piñones tienen un ala para dispersarse y cuando se abrieron las piñas cayeron y ahora estarán por aquí, bajo la ceniza, aunque no los veamos. Están en estado de latencia y en cuanto empiece a llover en otoño iniciarán el proceso del que nacerán nuevos árboles. Y esto es solo un ejemplo», asegura en naturalista.

Las plantas menos apreciadas, las más resistentes

Entre las cenizas del incendio, emergen ya brotes de diferentes especies de plantas. Entre ellas, un rosal silvestre. Hay zonas en las que la tierra ha tenido una gran capacidad de absorción del calor y los tejidos que estaban bajo la superficie se han salvado. Despiertan las yemas latentes… y eso que no ha llovido. En pocas semanas, el paisaje hoy negro de La Jacetania irá tornando poco a poco a verde. «El terreno ha empezado a recuperarse desde que se apagó la última llama», celebran los educadores de Huesca Naturaleza. «Es algo incluso emocionante», añaden.

Se trata, paradójicamente, y como señala Navarro, de plantas «que nunca nos llaman la atención y que, incluso, nos molestan. Gabarderas, espinos blancos,… son todo plantas que pinchan. Tiene una explicación: son plantas pioneras que preparan el terreno para que otras semillas caigan y no se las coman los hervíboros. La naturaleza es maravillosa y absolutamente inteligente».

Los animales vuelven a dejar rastro

«Hay un detalle muy curioso. Cuando la gente se imagina un incendio de estas características, ve que arde la vegetación cree que mueren muchísimos animales. No cabe duda de que hay animales que mueren… pero no son la mayoría. Los animales corren y en el momento que ven el humo se van. Por ejemplo, los pájaros han vuelto; hay muchos que están aprovechando a alimentarse de los insectos que ahora están sin cobertura vegetal. Y algo que nos llamó mucho la atención son los trazados de las sendas de los mamíferos. Se notan perfectamente los senderos de animales como jabalíes, ciervos o corzos que bajan a los barrancos a beber agua. Con lo cual, esa naturaleza que no vemos también está allí. Están escondidos, en zonas que no ha alcanzado el fuego. Porque también se ven islas de biodiversidad. Esas zonas serán el reservorio genético para que el bosque vuelva a recuperarse», relata Navarro.

«La gente debe quedarse con que a nivel paisajístico es una catástrofe, que lo es. Pero a nivel medioambiental hay que saber que la naturaleza está ya empezando a trabajar y antes de que seamos conscientes la vida va a volver a este territorio. Y de hecho, ya está volviendo. Es verdad que tenemos que empezar a pensar en un ritmo diferente. La naturaleza no tiene ninguna prisa. La naturaleza marca su pauta y no necesita un bosque de árboles enormes. Volveremos a empezar a ver verdes los montes esta primavera. No vamos a ver árboles, pero los árboles los verán nuestros hijos. Así funciona esto», concluye José Miguel Navarro.

Por Rebeca Ruiz

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