José Lamuga, toda una vida convirtiendo la naturaleza en arte en Sabiñánigo

José Lamuga lleva toda una vida haciendo arte de la naturaleza en Sabiñánigo. Sus manos convierten en algo único todo lo que toca, y son muchas las familias de La Jacetania y el Alto Gállego quienes, tras la puerta de sus casas, cobijan un trocito de Pirineo en forma de escultura en madera de boj con el sello inconfundible del artista aragonés. Peluquero de profesión, descubrió su gran pasión muy joven. Desde entonces no ha dejado de tallar la vida y sus personajes en piezas únicas que parecen tener alma.

José Lamuga, toda una vida convirtiendo la naturaleza en arte en Sabiñánigo.

El talento de José Lamuga queda latente en cada una de las piezas únicas que ha ido tallando a lo largo de prácticamente toda su vida

El talento de José Lamuga queda latente en cada una de las piezas únicas que ha ido tallando a lo largo de prácticamente toda su vida. Comenzó a trabajar la madera siendo muy joven y, ahora, con 84 años, la talla en madera continúa siendo su pasión. Parte de su obra se puede contemplar en su exposición permanente en Sabiñánigo (en el pasaje que une las calles La Luna y Serrablo), y también el Museo Ángel Orensanz y Artes de Serrablo custodia piezas que llevan su firma. En concreto, en este espacio museístico se puede encontrar una talla de Santa Elena y otra de Santa Orosia.

Cuando era niño en Banastón, hoy dependiente de Aínsa, su pueblo natal, tuvo contacto con el mundo de la madera a través de las herramientas que un tío suyo, carpintero de oficio, guardaba en la casa familiar. Pero no sería hasta años después, ya ejerciendo de peluquero en Sabiñánigo, cuando descubrió su verdadera pasión. «Había unos obreros trabajando en Gillué y venían cada semana a la peluquería. Un día, uno de ellos sacó una talla de madera del bolsillo, y a mí me pareció muy bonita. Pensé que yo también podía hacerlo, y les pedí que me trajeran un trozo de boj», recuerda Lamuga. Así empezó todo.

Su primer trabajo se inspiró en una pequeña escultura que representaba una mujer con un manojo de espigas, que en la reproducción él cambió por una cesta. «La vio una chica de Sabiñánigo que entonces trabajaba en el ‘Compre bien’ de Zaragoza, se interesó por ella y se la vendí», señala. Después vendrían muchas más: animales, personajes famosos -como los Reyes de España o el Papa Juan Pablo-, iconografía religiosa -Santa Elena, Santa Orosia, San Lorenzo, la Virgen de la Asunción o Santa Orosia-,… Una relación interminable a la que cada día se añaden nuevas obras.

El boj y José Lamuga

Su tarea es totalmente artesanal. Escoge el boj porque «es muy duro y muy agradecido» y permite trabajar a un nivel de detalle que no sería posible con otros tipos de madera. «Además, tiene un brillo muy especial, y cuanto más viejo es, más bonito se hace». Procura siempre -confiesa- mantener la belleza natural de la materia prima, y por eso, cuando trabaja las raíces, lo hace de tal modo que al menos respeta el 70% de la pieza original.

José Lamuga, toda una vida convirtiendo la naturaleza en arte en Sabiñánigo

José Lamuga, toda una vida convirtiendo la naturaleza en arte en Sabiñánigo

José Lamuga, toda una vida convirtiendo la naturaleza en arte en Sabiñánigo

José Lamuga, toda una vida convirtiendo la naturaleza en arte en Sabiñánigo

José Lamuga, toda una vida convirtiendo la naturaleza en arte en Sabiñánigo

José Lamuga, toda una vida convirtiendo la naturaleza en arte en Sabiñánigo

La obra de José Lamuga

José Lamuga no lleva la cuenta de las obras que ha creado a lo largo de su vida, pero son muchas las Santa Elena que están repartidas por el Valle de Tena. En Hoz de Jaca, en Oto, en Jaca, en Biescas, en Sabiñánigo,… hay alguna talla, de diferentes imágenes, que lleva su firma. En 1971 expuso por primera vez sus piezas en Huesca. Después, su obra también recorrió Barbastro, Alfajarín y otros puntos de Aragón.

«Me gustan todas mis obras, pero mi preferida es la Reina Sofía y el Papa Juan Pablo», explica el artista. Actualmente, sigue creando por encargo. El precio varía y depende siempre «del trabajo», pero sobre todo del valor sentimental de cada una de las piezas.

José Lamuga: «Me gusta crear»

«Me gusta crear», asegura el escultor, que reconoce que siempre ha sido una persona inquieta y «un luchador». Por eso, y a pesar que explica que «ya no es como antes», la edad no ha logrado apagar su pasión y sigue dedicándole muchas horas a darle vida a lo que, para otro y a simple vista, solo puede parecer un trozo de madera.

Allí, en cada raíz, en cada tronco, en cada piedra -que también talla y pule hasta conseguir hacer de ella una pieza única-… José Lamuga sigue viendo una posibilidad. Y no parará hasta conseguir sacarla a la luz. Porque el artista que lleva dentro continúa convirtiendo la naturaleza en arte y dejando parte de su alma escondida en su obra mientras, poco a poco, año a año, sigue tallando la vida.

El boj… con toda naturalidad

Utilizada desde tiempos remotos para fabricar diferentes utensilios por su dureza y resistencia, con un uso muy extendido en el medio rural y, especialmente, en la montaña, la madera de boj (‘Buxus sempervirens’) ha sido tradicionalmente la más apreciada para artesanos y artistas para sus más diversos trabajos. Por esta razón, también es una de las más apreciadas por los escultores, de manera que no resulta difícil encontrar desde utensilios como las cucharas que tallaban los pastores del Pirineo hasta verdaderas obras de arte, como las figuras que esculpe José Lamuga.

Originario de Europa, el arbusto silvestre de boj puede alcanzar varios metros de altura, y algunos ejemplares pueden vivir hasta 600 años. Su tronco y sus ramas, incluso sus raíces, de formas caprichosas, junto a las características de su madera, han inspirado espectaculares trabajos ornamentales en ebanistería.

Una de las zonas en las que el arbusto del boj tiene una mayor presencia en Huesca son los sotobosques del Parque Nacional de Ordesa y en sus proximidades. Hay que recordar que el nombre de Bujaruelo se traduce como lugar de bojes, en referencia precisamente a su abundancia en la zona. Pero también se puede encontrar en las sierras del Alto Gállego o en la zona más elevada del Valle de la Garcipollera, en La Jacetania, por ejemplo.

Por Rebeca Ruiz (texto y fotos)

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