Teniente coronel capellán Alberto Gatón: «Mi sueño siempre fue venir a Jaca»

Alberto Gatón Lasheras es teniente coronel capellán de la Escuela Militar de Montaña y Operaciones Especiales (EMMOE) de Jaca. Doctor en Derecho, doctor en Derecho Canónico, licenciado en Ciencias Sagradas y diplomado en Filosofía Pura, un día decidió que debía llevar su vocación de servicio a otro nivel. El páter Gatón, como cariñosamente se le conoce en el ámbito militar, ha rescatado inmigrantes en el Mediterráneo con La Armada y sabe perfectamente lo que es compartir una misión en el exterior con los Cazadores de Montaña. Su sueño siempre fue venir a Jaca.

Deportista y escritor, es autor de numerosas publicaciones y columnista habitual de importantes medios de comunicación de tirada nacional. De profundas convicciones, se muestra muy crítico con los casos de abusos en el seno de la Iglesia. Y del mismo modo, la defensa de sus valores lo puso en el punto de mira de ETA. Alberto Gatón, teniente coronel capellán castrense de Huesca. Así es Alberto Gatón: el hombre, el sacerdote y el militar, en una entrevista a corazón abierto.

Teniente coronel Alberto Gatón, capellán castrense: "Mi sueño siempre fue venir a Jaca". El sacerdote, en el Acuartelamiento San Bernardo de Jaca. (Foto: Rebeca Ruiz)
Teniente coronel Alberto Gatón, capellán castrense: «Mi sueño siempre fue venir a Jaca». El sacerdote, en el Acuartelamiento San Bernardo de Jaca. (Foto: Rebeca Ruiz)

Alberto Gatón Lasheras, teniente coronel capellán

Alberto Gatón Lasheras es teniente coronel capellán y profesor de la Escuela Militar de Montaña y Operaciones Especiales de Jaca, con la responsabilidad canónica militar sobre el Regimiento Galicia 64, la USBAD Oroel, el CECOM -unidades militares de Jaca-, el CAEM y la Guardia Civil de la provincia de Huesca y el Cuartel General de la División Castillejos.

Nacido en 1964 en Bottrop -Westfalia- (Alemania), hijo de padres españoles y el mayor de ocho hermanos -seis chicas y dos chicos-, cuenta en su haber con una extensísima formación. Hombre de profundas convicciones, es doctor en Derecho, doctor en Derecho Canónico, licenciado en Ciencias Sagradas, diplomado en Filosofía Pura y diplomado en Abogacía Rotal, entre otros títulos académicos. Deportista -fue campeón militar de España de esquí de veteranos en 2022- y escritor, es autor de varios libros y numerosas publicaciones y columnista habitual de importantes medios de comunicación de tirada nacional.

El día a día de un capellán castrense

JACETANIA EXPRESS: ¿Cómo es el día a día de Alberto Gatón?

ALBERTO GATÓN: Depende mucho del puesto. No es lo mismo una parroquia castrense que una unidad militar, como es la EMMOE. Y a la vez, no es lo mismo una unidad militar del Mando de Doctrina o enseñanza, que ya operativa en una misión internacional. Lo primero que se hace, siguiendo el mandato constitucional, es el apoyo espiritual a los cristianos. Pero también a los no cristianos, como servicio de asistencia religiosa a las Fuerzas Armadas. Y a sus familias. El sentimiento religioso es algo que está presente en todos los ejércitos del mundo. Prácticamente todos tienen capellanes; de distintas confesiones, pero están ahí. La experiencia religiosa está ahí. Es la parte no reglada de mi labor.

Después están los actos militares, con el homenaje a los caídos, que están reglados. También se atiende, en el caso del Regimiento Galicia, por ejemplo, las salidas militares que pueda haber. Apoyas y acompañas en la zona de despliegue al propio regimiento, como fue mi caso en el Líbano, en 2021. O acompañas también a los alumnos del Curso de Operaciones Especiales y del Curso de Montaña, que son los más exigentes y duros que existen. Es la parte institucional militar espiritual.

Alberto Gatón: «Eres compañero con los compañeros, incluidos los no creyentes«

Por otra parte, tienes catequesis de adultos, bautizas a soldados, a muchos jóvenes que están volviendo a la fe. Eso requiere un proceso, de formación de personas que prácticamente nunca habían oído hablar de Dios. Y que sin embargo, se encuentran con un capellán, le abren el corazón, y buscando a través de la milicia y sus valores el paralelismo espiritual, intentan llegar a Dios. Por último, están las comuniones, las misas de memoria,… de aquellos compañeros que me lo piden ya en una dimensión puramente católica.

En definitiva, se podría decir que eres compañero con los compañeros, incluidos los no creyentes. Y además con estos últimos tienes el plus de los sacerdotes clásicos que todos conocemos en la sociedad.

JE: En el caso de los católicos, entiendo que es sencillo… porque juegas en la misma liga. Es casi lo normal, que un católico busque en su sacerdorte, que es su referencia espiritual, su apoyo en un momento determinado… ¿Pero en el caso de no creyentes? ¿Es tan fácil?

AG: Sí, porque primero eres compañero. Cuando se acercan es porque confían en ti. De ahí viene lo de la consideración, pero no la condición. Nosotros tenemos consideración de militar, pero no tenemos condición de militar. La clave está en la persona. Muchas veces te están viendo en la cafetería cómo atiendes a un compañero que ha tenido una crisis familiar, por ejemplo. Ven que habla con el sacerdote, que es un cauce no reglado, pero íntimo, privado y confidencial, y ven de repente que funciona. Al final, es el boca a boca lo que hace que una persona tenga más cercanía con los feligreses. Y en eso puedo decir que tengo el inmenso orgullo de que en todos los destinos militares en los que he estado, en Tierra y en La Armada, la cercanía es inmensa.

Con la EMMOE, en Pamplona. (Foto: Archivo personal de Alberto Gatón)

JE: ¿Cómo se llega a ese nivel de confianza? Supongo que no se alcanza sin esfuerzo…

AG: Como decimos navegando, tú puedes engañar un día a uno. Tú puedes engañar un día a todos. Tú puedes engañar muchos días a uno. Pero muchos días a todos no los engañas. Y en un barco a la semana ya saben hasta cómo caminas. Esto es lo mismo. Cuando estás compartiendo con ellos un vivac en medio del monte, o cuando dejas a los mandos un día para acercarte a ver a un soldado que ha tenido un problema, ellos lo ven. Y luego te invitan a sus barbacoas, a sus fiestas,… y alguno vuelve a la fe. Otros la descubren. O la reafirman. Y eso es precioso.

«Tengo que agradecer a mis padres la educación que nos dieron»

JE: Alberto, ¿cómo termina un niño nacido en Alemania, descendiente de españoles, como teniente coronel capellán del Ejército de Tierra en Jaca después de haber recorrido medio mundo?

AG: Yo nazco en Alemania porque mis padres, que eran médicos, estaban formándose allí en Medicina. Pero ninguno de los dos era militar, aunque en la familia por parte de padre sí que hay militares. Tampoco hay curas en mi familia. Cuando volvemos a España, mi padre dirigía hospitales en Santander y mi madre estudiaba Medicina en Cádiz.

A mis hermanos y a mí nos intentaron dar una educación bastante amplia, no solamente a nivel académico, sino también idiomas, música (piano), o deportes como hockey sobre hierba, esquí, rugby,… Y viajamos muchísimo por todo el mundo. No era lo normal entonces, y es algo que tengo que agradecer. Es cierto que no teníamos problemas económicos, pero mis padres tuvieron una apertura de miras que no tenían otras familias que tenían también posibilidades.

Por otra parte, éramos buenos estudiantes. Yo estuve becado para la carrera de Derecho y de Teología por la Fundación Botín, que se otorga por expediente académico. Son unas becas que se crean para un expediente, que entonces tenía que ser prácticamente de todo matrículas. Es decir, que no es que se la quitara a alguien con menos recursos. Mis padres nos educaron siempre con libertad. Incluso, aun siendo creyentes, en el campo de la fe, para que no confundiéramos el dogma con la moral.

El hombre, el sacerdote y el militar

JE: ¿Qué es antes, el hombre, el sacerdote o el militar?

AG: El hombre, el sacerdote y el militar. Si hubiera querido ser militar, habría ido a la AGM. Esta pregunta es muy importante, porque el capellán tiene que tener muy claro que si quiere ser militar, tiene que ir a la Academia. Nosotros somos capellanes al servicio de las Fuerzas Armadas. Tenemos consideración de militar, pero estamos al servicio de los militares. Nosotros somos capellanes militares, pero no al contrario.

Semana Santa de Jaca, con el Regimiento Galicia, en una imagen de archivo. (Foto: Rebeca Ruiz)
Semana Santa de Jaca, con el Regimiento Galicia, en una imagen de archivo. (Foto: Rebeca Ruiz)

Alberto GAtón, abogado y sacerdote

JE: ¿Y cómo decide Alberto Gatón que quiere ser sacerdote?

AG: Los curas no nacemos por generación espontánea. Es muy curioso porque yo nunca pasé por un seminario. Estudié Teología por lo civil, al tiempo que estudiaba Derecho y todo lo demás. Solo cuando me ordené cura, cuando ya tenía casi 30 años, pasé por un seminario unos seis meses.

Cuando era joven tuve una relación de seis años que al final terminó porque, aunque nos queríamos mucho, no pensábamos igual en cuestiones religiosas. No me hice sacerdote solo por aquello, pero yo veía que en la naturaleza, en el amor entre las personas, la familia, los amigos,… en todo momento yo sentía una llamada buscar algo más. Y sobre todo, en el misterio de la muerte y la vida, me pasaba un poco como a San Francisco de Borja, el gran duque que quiso despedirse de su señora la emperatriz Isabel de Portugal y a quien le impresionó tanto su cadáver que dijo: «Nunca más serviré a señor que pueda morir».

Yo me hice sacerdote buscando un poco la respuesta a la muerte y la vida. Y para responder a una llamada de Dios que, ya que no pude hacerlo a través de una familia, lo hice a través del sacerdocio.

«Creo que no es incompatible el sacerdocio con la vida matrimonial»

JE: Alberto, ¿echas de menos una familia?

AG: Sí, con todo mi corazón. Es más, considero que en los tiempos actuales el celibato ha dejado de ser un signo de la Iglesia y que, como en el caso los sacerdotes maronitas, compañeros católicos como yo, o los coptos, o los melquitas que están casados y con hijos, creo que no es incompatible un sacramento con otro, el sacerdocio con la vida matrimonial. Por supuesto que echo de menos muchísimo a una esposa, compañera, a unos hijos y a unos nietos a quienes dar todo el amor que tengo.

«No pensé que al llegar a Estados Unidos iba a tener que perseguir unos delitos que muy poca gente creía que existían»

JE: Aquella búsqueda existencial que tú te planteas desde muy joven te lleva de Santander nada menos que a Estados Unidos, pasando por Roma, donde la vida te pone a prueba como magistrado en Westminster-Denver ¡Y de qué manera! ¿Cómo sales de España y qué te encuentras al llegar a América?

AG: Cuando se me envía a Roma, recién ordenado sacerdote, quizá por mis estudios jurídicos, yo ya tenía muy avanzada mi tesis doctoral civil en Valladolid. En aquel momento yo ejercía de profesor en la Universidad de Cantabria, y cuando me mandan a Roma, se acaba mi carrera académica civil. Una vez allí, ‘me obligan’ a presentar la tesis doctoral canónica. Me piden que me postule a la Escuela Diplomática, y tras las pruebas quedé el número uno. Pero yo no quería ser diplomático. No me había hecho sacerdote para eso.

«Estuve amenazado por ETA en un momento en el que en el País Vasco era muy duro asistir a funerales donde no querían ir otros curas»

JE: Pero no abandonaste la batalla en Estados Unidos… y continúas con tu particular cruzada en España, en un momento muy complicado como el que se vivía en este país a finales de los 90…

AG: Ataqué todo aquello directamente con un artículo durísimo, en el Diario Montañés. Fue el primer artículo que se publicó en España sobre el tema de los abusos en la Iglesia. Firmado por mí, con la valentía del director, que confió en mi palabra, en un momento en el que aquello solo era la punta del iceberg de lo que saldría después.

Del mismo modo, escribí otro artículo muy duro contra los curas y obispos que apoyaban al movimiento de ETA, que me valió una Cruz al Mérito de la Guardia Civil. Yo estuve amenazado por ETA, por mi defensa de las víctimas, en un momento en el País Vasco en el que parece que la gente ha olvidado lo duro que era asistir a funerales a los que no querían ir otros curas. Donde había incluso curas que justificaban a los asesinos. Ahora no es difícil hablar sobre ello. Entonces sí que lo era. Y yo escribí artículos en contra de las dos cosas: los abusos y ETA.

«En las montañas entre Asturias y Cantabria éramos muy pocos; en seis años tuve dos bautizos, una comunión y 11 entierros»

JE: Vuelves a España y terminas, curiosamente, en un valle con muy pocas almas…

AG: Al volver de Estados Unidos, con 39 años, en plenitud, mi obispo consideró que lo más oportuno era meterme en tres valles de las montañas entre Asturias y Cantabria: Lamasón, Peñarrubia y Castro Cillorigo en Liébana. Entre todos éramos unos 300 vecinos, en 28 pueblos. Desde que cumplí 39 años hasta los 45 -que fue cuando llegué al Ejército- tuve dos bautizos, una comunión y 11 entierros. Pero allí fui muy feliz. Y eso me permitió volver a la Universidad, escribir varios libros… Y también me sirvió para aprender a podar, a tener frutales, a pescar salmón y cómo sacar un ternero cuando viene de patas. Como diría Virgilo en sus Geórgicas, a aprender a buscar el amor de Dios en la naturaleza. Y a sacar callos en estas manos a las cuales les gustaba más el piano y la guitarra en la tuna de Derecho de Salamanca.

Premio Extraordinario de Derecho. (Foto: Archivo personal de Alberto Gatón)
Premio Extraordinario de Derecho. (Foto: Archivo personal de Alberto Gatón)

JE: Viniendo de una trayectoria en Estados Unidos, ejerciendo además el trabajo para el que te habías formado… ¿Cómo asumes en aquel momento dejar una vida como esa para irte a unos pueblecitos perdidos en la montaña y a una vida muy diferente a lo que tú conocías hasta entonces? Con 39 años, es un cambio drástico… ¿Te costó obedecer?

AG: No. Yo soy providencialista. Creo que Dios va guiando a cada uno de una manera. Es verdad que el primer año estaba un poco confuso cuando iba a misa y tenía allí a tres ancianas…. Y dos vacas (y no exagero), que se me metieron en la Iglesia…. pero eso sí, vacas tudancas (sonríe). Las mejores que hay, como dicen allí, las más guapas. Me chocó, pero yo considero que aunque la intención no sea recta, Dios actúa a través de las causas segundas. De no haber estado en los pueblos, no hubiera acabado después donde estoy hoy.

El salto al ámbito militar

JE: ¿Cómo das el salto al ámbito militar?

AG: Cuando tenía 43 años, el Ayuntamiento de Lamasón me hace Hijo Adoptivo. Es un título importantísimo y un honor impresionante. En ese momento, yo ya llevaba seis años en esos pueblecitos y tenía que tomar una decisión. Nunciatura me cita y me envía al Ejército. Hago la oposición del Arzobispado Castrense. Vuelvo a quedar el primero. Me mandaron a la Academia de Ingenieros. De eso hace 16 años.

«Siempre quise venir a Jaca»

JE: Solo dos años después, en 2018, te nombran Vicario Episcopal del Ministerio de Defensa, pero dimites de la responsabilidad para venir a Jaca…

AG: En conciencia, llegó un momento que yo creía que podía ser más útil en otros sitios. Me dio mucha pena dejar a mi arzobispo, Juan del Río, que fue quien me concedió la Gran Cruz Fidelitas y quien me envío a Jaca. Y también a mi ministra, Margarita Robles, a quien quiero mucho. Dimití en 2020 e inmediatamente llegué aquí, con el coronel José Antonio Jáñez como jefe de la EMMOE y el hoy general Javier Lucas de Soto al mando del Regimiento Galicia.

Alberto Gatón, como Vicario de Defensa en el MOPs -Mando de Operaciones Especiales-. (Foto: Archivo personal de Alberto Gatón)

De misión por tierra y por mar

JE: En estos ocho años en las Fuerzas Armadas has formado parte de varias misiones y despligues, tanto con La Armada como con el Ejército de Tierra. ¿Recuerdas especialmente alguna?

AG: Recuerdo la primera del Ejército de Tierra, que fue al Líbano, en el año 2011. Coincidí con personas maravillosas, en un Líbano distinto a lo que he conocido después. Aunque había tensión, todavía no estaba arrasado por la guerra. Las navegaciones también me han dejado huella. Pero si tengo que decir una misión que ha marcado mi vida fue la Operación Sophia, en el año 2017, con la fragata Navarra y el hoy almirante Vicente Cuquerella. No solamente me marcó por la dotación, extraordinaria; sino porque se trataba del rescate de inmigrantes en el Mediterráneo.

Líbano, 2021, con el Regimiento Galicia. (Foto: Archivo personal de Alberto Gatón)
Líbano, 2021, con el Regimiento Galicia. (Foto: Archivo personal de Alberto Gatón)

Ha habido, por supuesto, otras misiones importantes. Como la de la fragata Blas de Lezo en el Mar del Norte, con el hoy capitán de navío Jesús González-Celá. O la Operación Atalanta en 2024, la última navegación que he tenido, con el capitán de fragata Alfredo Saco, el comandante Álvaro Calderón y el resto de una dotación maravillosa. Pero la que marcó mi vida fue la Operación Sophia.

Fragata Navarra. Operación Sophia de rescate de inmigrantes en el Mediterráneo. (Foto: Archivo personal de Alberto Gatón)
Fragata Navarra. Operación Sophia de rescate de inmigrantes en el Mediterráneo. (Foto: Archivo personal de Alberto Gatón)

Fragata Numancia, durante la Operación Atalanta, en el Índico, al ocaso frente a las costa de Somalia. (Foto: Archivo personal de Alberto Gatón)

La Operación Sophia de rescate de inmigrantes en el Mediterráneo, la que marcó a Alberto Gatón

JE: ¿Qué pasó en la Operación Sophia para que aún te emociones al recordarla? ¿Por qué es tan importante para ti?

AG: Porque si hay un hecho que me estremece el corazón, cuando estábamos rescatando inmigrantes, todos subsaharianos, cristianos que huían de Boko Haram y del régimen terrorista de grupos musulmanes y sus matanzas en Nigeria, el Congo y África Central… después de los negreros de las costas de Libia o de Argelia… es recoger el cadáver de una madre con un bebé todavía abrazado a ella. Muertos los dos, ahogados, con los rostros ya picados por los peces. Y sacarlos del agua con dos rosarios, uno cada uno en el cuello.

Dices: ¡Dios mío! ¿Por qué? Yo sé la respuesta: la libertad del hombre malempleada. Pero a mí y a toda la dotación nos unió tanto ver ese dolor, que ha sido la navegación que ha marcado mi vida en lo personal y lo espiritual. Y me ha reforzado la fe hasta el límite de querer ser sacerdote hasta la muerte.

JE: ¿Y esto no te hace dudar? ¿Tanto dolor, tanta crueldad, tanto mal… no hace que te cuestiones tu fe?

AG: Precisamente me la he cuestionado tanto que me ha reforzado en mis convicciones. Es un oxímoron. Ves esto, y sin embargo se refuerza tu fe. El amor de Dios es más fuerte que todo. Si la libertad del hombre hubiera sido bien empleada, no hubiera pasado lo que vimos. Dios nos da los medios. Pero somos los seres humanos los que no los usamos.

Aunque suene extraño que lo diga un capellán militar, si el dinero que empleamos en armamento lo invirtiéramos en la lucha contra el cáncer, ya lo hubiéramos erradicado. El ansia de poder del ser humano podría haber sido encauzada para que hubiese una sociedad de paz. Y todo esto es por no hacer caso a Dios. Habrá quien piense que vaya planteamientos… Pero a mí esto me refuerza la fe en Dios y, por desgracia, la tristeza al pensar en la naturaleza del ser humano. Igual que ser militar me ha reforzado la fe. E igual que, en otros momentos de mi vida, estar con la gente sencilla de las montañas, o con las familias americanas o en las parroquias italianas, me reforzó la fe.

«Me he enfadado con Dios dos veces»

JE: ¿No te has enfadado nunca con Dios?

AG: Dos veces. Y una me plantee dejar el sacerdocio. La muerte de una niña después de ver morir a su madre embarazada atropellada por un camión. Yo llegué a ofrecer mi vida por la de esa niña, que la final murió de cáncer. Y me enfadé muchísimo con Dios. Fue la primera vez que sentí el choque de ver la muerte en alguien puro e inocente. Ver al padre destrozado me llevó a plantearme mi propia vocación. Pero al final, aquello me la fortaleció. Porque la única respuesta ante la muerte es el amor. Y todo el que yo pude sentir por esa niña lo tengo ahora desde ella en el cielo. Para unos será un cuentos de hadas… para mí es una realidad tan empírica como que estamos aquí ahora.

Y la segunda gran crisis, la inoperancia y la falta de apoyo institucional en la Iglesia en mi lucha contra los curas pederastas. Pero eso no me ha afectado la vocación. Eso me ha afectado a la forma de ver el clero. Con los maravillosos sacerdotes que hay, pero también con las pérfidas alimañas que hay con los pastores.

Alberto Gatón, hombre de mar… y de montaña

JE: Alberto, ¿eres hombre de mar o de montaña?

AG: De ambas. De mar; yo crecí en Santander y en Cádiz. Pero también de montaña. Desde pequeño mis padres nos llevaban a esquiar a los Alpes y compraron una casa montañesa en un valle de Cantabria para poder ir a esquiar. En realidad, ni de mar ni de montaña. Soy de contemplar las noches de estrellas tumbado en la playa o en la montaña. Ver la grandeza del universo me lleva a ver la pequeñez que somos y también me lleva a Dios.

JE: Una reflexión bonita que me lleva a preguntarte por tu filosofía de vida…

AG: Tengo el amor de Dios. Tengo el amor de mi familia y de mis amigos. Qué feliz he sido siempre y qué feliz soy. Y eso no quiere decir que no haya sufrido. Pero soy feliz. No necesito más.

Peña Vieja, en Picos de Europa, después de escalar el Espolón de los Franceses, con 32 años y ya sacerdote. (Foto: Archivo personal de Alberto Gatón)

JE: ¿Eres más hombre de acción, intelectual, espiritual,…?

AG: Me quedo con Dios. Renuncio a todo lo demás. Con Dios y con la naturaleza.

JE: ¿Qué te hubiera gustado hacer que, por circunstancias, no has podido?

AG: Tener hijos. Formar una familia. Pero prometí celibato. Y también me hubiera gustado ser el primero en el mundo (sonríe divertido) en descender el Everest esquiando.

Fragata Navarra. Operación Sophia de rescate de inmigrantes en el Mediterráneo. (Foto: Archivo personal de Alberto Gatón)
Con el Regimiento Galicia 64. (Foto: Archivo personal de Alberto Gatón)

JE: ¿Dónde se ve Alberto Gatón dentro de diez años?

AG: Como capellán militar me tendré que jubilar dentro de tres años y medio. Me veo en una parroquia de ciudad ayudando al sacerdote que esté allí, porque ya seré mayor. Escribiendo, porque todavía tengo pendiente de publicar algún libro. Ya habré dejado de dar clases de Derecho en la Universidad, pero seguiré colaborando como profesor de Derecho Internacional. O lo mismo, pero en los pequeños pueblos que dejé cuando me hicieron hijo adoptivo, hasta mi muerte, apoyando, rezando, leyendo y dando a los demás todo el amor que Dios me ha dado.

Por Rebeca Ruiz

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