El serrablés Carlos Rufas vuelve a Perú: 25 años al servicio de los más pobres

Carlos Rufas volverá a Perú en apenas un par de semanas. Ha pasado un cuarto de siglo desde que pisara las favelas de Lima y la selva amazónica por primera vez y desde entonces -salvo en el paréntesis de la pandemia que paralizó el mundo-, el serrablés no ha faltado a su cita con la solidaridad y a un compromiso moral que se renueva cada otoño. Con una inquebrantable vocación de servicio, a pesar de su enfermedad, Rufas dedica sus vacaciones y sus ahorros a ayudar a los que tuvieron menos suerte y les tocó nacer en uno de los rincones más pobres del mundo.

El serrablés Carlos Rufas vuelve a Perú: 25 años al servicio de los más pobres. (FOTO: Rebeca Ruiz)
El serrablés Carlos Rufas vuelve a Perú: 25 años al servicio de los más pobres. (FOTO: Rebeca Ruiz)

Carlos Rufas y su compromiso con Perú

Hace 25 años, un entonces joven, muy joven serrablés, Carlos Rufas, decidió convertirse en cooperante y viajar desde Sabiñánigo cada verano para colaborar en todo lo que se pudiera a Perú, a una de la zonas más pobres de Latinoamérica. Año tras año lo ha seguido haciendo, fiel a su cita. Tuvo que frenar con la pandemia mundial pero regresó en cuanto pudo. Y en apenas unos días, a primeros de noviembre, renovará, como cada año por estas fechas, su compromiso solidario y volverá a Lima para compartir unas semanas con los más desfavorecidos.

Si ya de por sí resulta difícil el hecho de tomar la decisión de dejarlo todo atrás para, varias semanas cada año, dedicarse a los demás, el mérito es mucho mayor si se tiene en cuenta que el serrablés lo hace en sus vacaciones y él mismo se paga el viaje y todos los gastos derivados de éste.

Sin apoyo económico de instituciones ni de otros ámbitos, Carlos Rufas tira de sus ahorros y prepara ya las maletas para ponerse al servicio de la Fundación Juan Bonal y las Hermanas de la Caridad de Santa Ana en un comedor popular y apoyando la escolarización en las favelas de los cerros de Lima, unos de los lugares más pobres del planeta; trabajando en Ikitos, en plena Amazonia, o llevando compañía y esperanza, y apoyo administrativo o de cualquier otro tipo que esté en su mano a los españoles que se encuentran presos en las cárceles peruanas.

Rufas, un laico comprometido con Perú

Este año, coincidiendo con el 25 aniversario de su primer viaje a Perú, Carlos Rufas ha creado unos códigos QR para difundir y dar a conocer el trabajo que se desarrolla allí.

se planteó viajar a Perú lo hizo motivado por la labor que realizaba en Bolivia su amigo Miguel Domec

La primera vez que Carlos Rufas se planteó viajar a Perú lo hizo motivado por la labor que realizaba en Bolivia su «gran amigo» Miguel Domec, entonces párroco de Cristo Rey en Sabiñánigo. «Nunca había salido Europa, ni había montado en avión», reconoce. Pero sus ganas de ayudar eran más fuertes que el miedo a lo desconocido. Ha pasado un cuarto de siglo y, cada año con las ilusiones renovadas, el serrablés regresa a Perú. Y lo hace a pesar de su enfermedad cardiaca, que nunca ha sido obstáculo para el reto que se marca año tras año.

«Sin duda alguna, la inquietud venía de mucho tiempo atrás, cuando en mi infancia en el colegio Santa Ana de Sabiñánigo se exponía el trabajo que se realizaba y se daban charlas sobre las misiones. Aunque después, en la adolescencia, aquello permaneció en el olvido, por así decirlo, conocí la tarea que el padre Miguel Domec realizaba en Bolivia. Me gustó y decidí planteármelo con Perú», recuerda Rufas.

«La primera vez que viajé a Perú fue un choque cultural enorme. Aún sigo pensando en el primer viaje. Fue impactante»

No fue fácil. «La primera vez fue un choque cultural enorme. Aún sigo pensando en el primer viaje. Fue impactante. Cuando vas allí, tienes que olvidarte de la mentalidad de aquí y adaptarte al ritmo y a la idiosincrasia de allá. De lo contrario, no te puedes integrar ni ser operativo», asegura. Desde entonces, han pasado 25 años.

En Lima, se aloja con las Hermanas de la Caridad de Santa Ana, en un barrio humilde. Tienen un comedor escuela y un centro educativo. «Somos conscientes de que la educación es prioritaria para que esos países salgan adelante. El pensador aragonés Joaquín Costa decía, en su época: ‘España necesita despensa y escuela’, y se puede extrapolar esa idea allá. También visitamos a los presos a través de la Pastoral Penitenciaria, y a algunas misiones sanitarias en la selva amazónica».

«Desde mis valores cristianos siempre he pensado que intuiría cuándo era el momento de acabar con este voluntariado, y ese momento aún no ha llegado», asegura Carlos Rufas cuando se le pregunta si, ante tantas dificultades, alguna vez ha pensado en tirar la toalla. «La continuidad da resultados, y eso te anima a seguir adelante. El voluntario debe tener la mentalidad de estar satisfecho con lo logrado y no pensar en los objetivos no alcanzados. De lo contrario, uno no haría nunca nada», añade.

Muchos amigos después de tantos años

Después de tantos años, el cooperante asegura que tiene «otro entorno social como el de España». Allí tiene grandes amigos y no duda en señalar que Perú es su «segunda patria». «Cuando te metes en este mundo del voluntariado, tienes que tener claro que es para perder y para servir. Nuestra visión del mundo debe ser amplia. Es importante conocer cómo viven otras personas para valorar en nuestro día cuestiones como el simple hecho de tener agua potable en un grifo o tener atención sanitaria. O el sistema de protección social que tenemos, que es mejorable, pero es un gran sistema. Valorar lo que tenemos es fundamental para lograr un mundo mejor», añade.

«Este año, Perú está muy revuelto. Ha aumentado la delincuencia y está decretada la alarma en distintos distritos. Esto nos obligará a adaptar la agenda a distintas circunstancias que nos encontremos, pero seguiremos con las labores de siempre y fomentando la educación, los apadrinamientos desde España… Lo importante es mantener lo que tenemos. No hay que trazar grandes objetivos, sino mantenerlos en el tiempo y procurar la viabilidad de los proyectos», concluye Rufas.

Por Rebeca Ruiz

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