Cuando la cabo primero Elsa de Cala Saiz (USBAD Oroel) llegó a Jaca, en 1993, sobraban los dedos de una mano para contar las mujeres que formaban parte de la guarnición. Su vocación de servicio y sus valores la habían llevado poco antes a cambiar el mar de su Santander natal por la disciplina militar. Con apenas 20 años, fue una de las primeras en incorporarse a las unidades de montaña tras la publicación del real decreto ley que permitiría, a partir de 1988, acceder a las mujeres al Ejército de Tierra. Poco después participaría en la Misión Bosnia, la primera en la que desplegaban mujeres en el exterior. Hoy, como responsable de la Oficina de Apoyo al Personal (OFAP) 323, asegura, desde su despacho en el Acuartelamiento La Victoria, que lo más gratificante para ella es «poder ayudar a un compañero y que marche con una sonrisa».

La cabo primero Elsa de Cala Saiz: del mar a la montaña
La cabo primero Elsa de Cala Saiz recuerda, con cierta nostalgia, su niñez en el Puerto Pesquero de Santander, donde regresa siempre que sus obligaciones se lo permiten. Lo hace con una sonrisa; la misma sonrisa que intenta sacar a sus compañeros cuando llegan a su despacho en el Acuartelamiento La Victoria.
De Cala está destinada en la Oficina de Apoyo al Personal 323 de la USBAD Oroel de Jaca. Es la ciudad su segunda casa, desde que un día, a principios de los noventa, sus convicciones, sus valores y su vocación de servicio la llevaran a cambiar el mar por el Ejército.
«Era una profesión que, desde pequeña, siempre me había llamado la atención. Siempre me ha gustado ayudar, cuidar, proteger… Soy de un pueblo pesquero donde está muy presente la colaboración, el trabajo en equipo y la constancia. Se me despertó esta atención de antaño, rompí con la tradición familiar de la pesca y opté por ingresar en el Ejército», explica la cabo primero.

Hoy, el Ejército de Tierra cuenta en sus filas con 8.748 mujeres -suponen el 11,4% del total de efectivos-, según el último informe anual del Ministerio de Defensa sobre la incorporación de la mujer a las Fuerzas Armadas. Pero en 1993, cuando Elsa de Cala entra en el ET, la situación era muy diferente. Apenas habían pasado cinco años desde la aprobación del Real Decreto-ley 1/1988 y la presencia de mujeres en los cuarteles no era muy significativa. De hecho, cuando ella llegó a Jaca, solo había cuatro mujeres en la plaza.
Elsa de Cala: «La integración de la mujer en el Ejército produjo un cambio de mentalidad y nuevas necesidades»
«El Ejército era una institución que hasta entonces había sido solo de hombres, lo que supuso un esfuerzo tanto para ellos como para nosotras. La integración de la mujer produjo un cambio de mentalidad, con nuevas necesidades, y el acondicionamiento de instalaciones hasta que la situación se fue normalizando y consolidando. Poco a poco se fue viendo el proceso de transformación, del cambio, que ha sido constante y positivo», señala la cabo primero.
Cabo primero Elsa de Cala: «La presencia y el papel de la mujer en el Ejército ha experimentado una constante evolución. Creo que las mujeres han mejorado el Ejército. Con sus habilidades y capacidades han contribuido a mejorar la visión del Ejército como una institución renovada, adaptada a los tiempos en los que vivimos, como ejemplo de igualdad para la sociedad. Tenemos una integración total con acceso a todos los cuerpos, escalas y destinos. Sin este apoyo que nos prestamos mutuamente entre los miembros de las FAS, el trabajo no podría desarrollarse ni llegar a buen puerto».
Habla con conocimiento de causa, ya que todo aquel proceso lo vivió en primera persona. Su primer destino, tras pasar por Alicante, fue el Regimiento de Infantería Galicia 64 de Cazadores de Montaña. Entró como soldado, para ascender después a cabo y, más tarde, a cabo primero. No fue casual. «Elegí las Tropas de Montaña por su contacto con la naturaleza directo y constante, que te exige una adaptación al entorno en el que te encuentras; además de por sus valores: disciplina, austeridad, compañerismo, espíritu de sacrificio… un destino que marca, que deja huella», asegura.
Bosnia y Kosovo
Apenas habían pasado dos años de su ingreso en la Fuerzas Armadas cuando a Elsa de Cala la seleccionan para participar en la primera misión en la que desplegó el Regimiento Galicia, como parte de la AGT Aragón en Bosnia Herzegovina.
Corría 1995 cuando de Jaca partía el contingente que desplegó en un país que apenas tres años antes había entrado en una guerra fraticida que se cobró, según Naciones Unidas, más de 100.000 vidas. Fue un momento histórico: era la primera vez que los cazadores del Galicia desplegaban en el exterior, bajo el mando de la ONU y la OTAN. También era la primera vez que las mujeres del Ejército de Tierra desplegaban una misión en el exterior.






Fotos: Archivo personal de Elsa de Cala Saiz
La tranquilidad del deber cumplido
Su siguiente misión en el exterior, también con el Regimiento Galicia, sería en Kosovo (2002). Sin duda, dos despliegues que la marcarían, pero que, al mismo tiempo, reforzarían su convicción para seguir al servicio de España. «Fueron quizá los momentos más difíciles de mi carrera. Durante mi trabajo en las misiones, ver de cerca la miseria que sobre todo afectaba a a la población infantil y a los mayores me ha servido para valorar la calidad de vida que tenemos en España. Para darme cuenta de los duro que es pasar de tener todo a no poseer nada», reconoce.
También las misiones con el Galicia 64 le reportaron los mejores momentos, pero no los únicos. Y es que, como dice la cabo primero De Cala, no hay nada más reconfortante que «ver que el trabajo sirve para mejorar la situación de seguridad allí donde se despliega, bien con ocasión de conflictos, catástrofes o situaciones de necesidad». Nada es comparable a la tranquilidad del deber cumplido.

Hoy, con 32 años de servicio a sus espaldas y al frente de la Oficina de Apoyo al Personal de La Victoria, la cabo primero De Cala asegura que «lo más gratificante es cuando viene un compañero con una consulta, duda o inquietud… que salga con ella resuelta y aclarada. Y lo más importante… que marche con una sonrisa».
Al final, eso es lo único que importa. Una sonrisa, venga del compañero o de aquel al que han podido ayudar, es lo que mueve a los militares españoles. Hombres y mujeres cuya vocación de servicio marcó su destino para hacer a los demás la vida un poco más fácil (o mucho).
Por Rebeca Ruiz
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