Oroel, mi Dama. Un entrañable artículo escrito por Jorge Ochando donde afloran los recuerdos y los sentimientos -y sobre todo el amor a Jaca- de un niño que creció al abrigo de la emblemática montaña.

«Oroel, mi Dama. Con este post no intento describir solo mis recuerdos… creo que más bien es honrar una vida, una infancia, un hogar y una montaña que me abrazó como una madre de piedra y cielo». Por Jorge Ochando.
I. La Maquina del Tiempo
Si existiera la ocasión de meterse en las aventuras de H.G. Wells y poder viajar en la máquina del tiempo, o de montarme en un sueño mágico y conseguir que esa ilusión se hiciera realidad… mi mejor sueño, no hay duda, sería volver a revivir mi niñez en estas tierras. En aquellos años increíbles, llenos de la más tierna ingenuidad de mi infancia, junto a mis seis hermanos y con todos los amigos que allí forjé, y que, después de tanto tiempo, nunca he olvidado.
Años 60. Éramos seis hermanos… Íbamos de la mano, como una cadena humana. Sergio, el mayor -Tate-, me guiaba a mí. Y yo, Tote, guiaba a Pablo. Después vinieron Gustavo, Queco, Alberto, Chiqui, Olga -Nana- y Roger -Piko- como notas nuevas en la melodía de nuestro hogar.
Durante aquellos años vivimos una infancia plena, libre, salvaje y feliz. Jaca aún era un pueblo grande, envuelto en un paisaje en estado puro, y cada día era una aventura dibujada por la ilusión.

I. La Maquina del Tiempo (continuación)
La vida en Jaca empezaba temprano. Las mañanas olían a pan reciente, a tierra húmeda, a leña de hogar. Y los días eran tan largos que cabía dentro de ellos todo un mundo por inventar.
Mi madre, paciente y valiente, sostenía el centro de nuestra pequeña constelación familiar. Mi padre, con su uniforme de militar, nos imponía respeto, pero también seguridad. Sabíamos que, aunque no lo dijera, su amor estaba ahí, en las cosas calladas: en los paseos, en los silencios compartidos, en las veces que nos miraba sin decir palabra.
Mis hermanos y yo éramos una tribu salvaje. Saltábamos acequias, trepábamos árboles, inventábamos guerras y reinos, con palos por espadas y piedras por castillos. A veces creíamos que éramos soldados como papá. Otras, que éramos pastores antiguos, o exploradores en busca de tesoros. Y sobre todo, siempre, nos sentíamos libres.
Porque Jaca, en aquellos años, no tenía rejas. Solo bosques, caminos, huertas regadas por el río Aragón y rodeadas de altas montañas. Y la más bella de todas… era ella. Allí, destacando en el horizonte, y en cada amanecer claro, estaba su silueta.


Oroel , mi Dama. Allí estás, serena y altiva, mi dama de piedra y viento, guardiana silente de mis juegos, de mis pasos pequeños sobre el mundo que apenas comenzaba. Tu falda, tendida de pinares, campos y surcos, se extendía como un manto verde y me envolvía como un susurro antiguo y acogedor. Y tu cima, tan alta, parecía acariciar las nubes mientras te admiraba, absorto desde la estatura de mi pequeñez.
Fuiste muro y ala, fuiste eco y promesa; la silueta que me protegía y abrazaba desde lejos cuando el miedo asomaba en las esquinas.
Hoy vuelvo a ti en mis recuerdos, desde la atalaya mágica de mis sueños, mi Dama, con la certeza de que sigues ahí, inmutable y sabia, como un secreto que sólo la infancia entiende. Inmensa. Firme como un juramento antiguo. La montaña que velaba nuestros juegos, nuestros sueños, nuestros pasos descalzos entre hierba y charcos.

Mi Dama, coronada de nieves o cubierta de sol, nos miraba cada mañana con ojos de piedra y cielo. Nunca hablaba, pero yo le entendía. Su silencio era el idioma. Solo con el susurro del viento yo la comprendía. Y nos brindaba abrigo y protección. Porque con ella cerca, nunca estábamos solos.
A veces, cuando cerraba los ojos, sentía que ella me llamaba desde su cima calva, como si me cuidara sin pedirle nada, como una madre guardiana, callada y eterna.
II. Mi Dama
Se alzaba sobre nosotros, siempre firme, siempre omnipresente. Oroel. Oroel. Mi Dama. Vestida de estaciones, envuelta en cielos cambiantes, inmóvil y eterna. Sin hablar, su silencio, me susurraba. Era una figura protectora, como si con su sombra y su altura quisiera asegurarse de que nada malo nos sucediera a los niños que jugábamos a sus pies.
A veces creía que me conocía. Que sabía mi nombre. Que cuando el sol la tocaba en la cima, me saludaba y sonreía con su abrazo cálido y maternal. Y aún hoy, cuando la nombro o la sueño, mi pecho se llena de una paz que no sé explicar. Como si esa montaña supiera todos mis secretos y los custodiara en su pecho de piedra.
Oroel nos miraba desde lejos. Desde cualquier parte del pueblo podíamos verla, altiva, inmóvil, como si el cielo mismo hubiera apoyado ahí su bastón.
Oroel. Mi Dama. Para mí, ya desde niño, no era solo una montaña gigante y dormida. Era un refugio imaginario, una promesa silenciosa, una presencia materna que no necesitaba palabras. Si algún día me sentía solo, bastaba con buscarla en el horizonte.
Me gustaba ver como la niebla a veces se levantaba lentamente de su pecho de piedra, como un velo que se descorre para mostrarla en todo su esplendor. Allí estaba. Inmutable. Fiel. Mía. A veces pensé y creía que me entendía. Que me protegía desde esa distancia majestuosa, como un ángel de piedra que no necesitaba alas para volar por mis sueños.
III. La máquina del tiempo
Un día -aún lo veo claro-, con Pablo y nuestros amigos subimos a Oroel con la energía intacta de quienes no conocen el cansancio. La caminata era larga, pero a cada paso el mundo se hacía más nuestro: el bosque murmuraba leyendas, las piedras hablaban en voz baja, y los pájaros parecían guiarnos sin darnos cuenta.
Llegamos a la cima justo antes de que el cielo se volviera gris. De pronto, una gran tormenta nos sorprendió, como si el cielo se hubiese abierto de golpe para reírse con nosotros.
Corrimos cuesta abajo, empapados por la lluvia, mojados hasta los huesos, resbalando y riendo, cantando como si el mundo se fuera a acabar… y no nos importara.
– “Que llueva, que llueva…”, gritábamos a coro, desafinados y felices, mientras el barro nos manchaba las rodillas y el viento nos empujaba como un juego más.
Yo miré hacia atrás un instante. Y allí estaba ella. Oroel. Mi Dama. Rodeada y embardunada de nubes oscuras como si también se estuviera riendo, como si la tormenta fuera su forma de jugar con nosotros.

Aquel día mi infancia se llenó de agua, de barro, de canciones… y de eternidad. Es, uno de mis mejores recuerdos que guardo de Jaca, porque Jaca para mí significa nobleza, significa poesía, significa naturaleza, significa niñez, significa inocencia, y significa mantener intactos todos los valores que un día unos padres muy especiales inculcaron en esa singular y maravillosa tierra altoaragonesa a siete hermanos vinculados para siempre a ella. Quiero recordar y honrar este recuerdo tan especial.
A mis padres, Luis y Antonia, que nos dieron raíces firmes y el amor que sostuvo nuestra infancia bajo la mirada de Oroel.
A mis hermanos Sergio y Pablo, compañeros de juegos, lluvia y canciones, que partieron antes, pero siguen vivos en cada recuerdo y en cada soplo de viento que baja desde la cima de mi Dama.
Por Jorge de Aragón

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