«Antes de la era digital, la masificación del montañismo, la profesionalización y especialización generalizada del rescate en montaña en todo el terreno por diversos y diferentes grupos… ¿Éramos más duros o había menos medios? ¿Éramos más duros o había más complejos? ¿Éramos más duros o había menos cobertura? ¿Éramos más duros o había menos información?». Una reflexión de Adriano Martín Cófreces Pincho sobre los rescates de montaña.

¿Más duros o menos medios? Reflexión de Adriano Martín Cófreces ‘Pincho’ sobre los rescates de montaña
Con una búsqueda sencilla en ‘san guguel’ sobre motivos frecuentes de rescate en montaña, nos sale un listado de palabras ‘clave’ que da que pensar: Extravíos. Enrisques. Agotamiento. Deshidratación. Malestar general. Cansancio. Ya si afinamos un poco nuestra búsqueda, comienzan a aparecer otros conceptos: fractura, luxación, laceraciones, desfallecimiento….
Desde luego, desde este lado de la pantalla, es muy fácil ‘juzgar’ a los rescatados, satanizándoles sin conocer detalles de las situaciones ni personales.

Un amigo, rescatador de profesión, dijo por redes -con mucho acierto- que mejor recoger a alguien ileso que muerto…. Otro, también del gremio, al igual que los rescatadores de Chamonix, Capital Mundial del Alpinismo, nos dice que mejor llamar antes que después; mejor con luz que sin ella; mejor prevenir que curar… Cuando vas cogiendo años, vas envejeciendo a la par que madurando -bueno, envejeciendo sí; lo de madurar, ya es otro cantar…- se podría hablar largo y tendido sobre eso. Pero no es la ocasión…
La evolución de la percepción ante los rescates: «Cuando llevas en esto de la montaña más de 30 años, la vida se ve de otro color»
Y resulta que cuando llevas en esto de la montaña, entre actividad amateur y profesional más de la mitad de tu vida -eso significa más de 30 años-, la vida se ve de otro color. La percepción del riesgo es sustancialmente diferente. Los conocimientos deberían ser brutalmente amplios y la capacidad de preparación, planificación, análisis de las situaciones y gestión de las mismas, exquisitas.
Pero no siempre es así. Hay personas que por muy mayores que sean, por mucho campo que tengan, no evolucionan. Viven en el pasado, su pasado, y siempre serán mejores que ‘los de ahora’. El que nace lechón, muere cochino, dice el refrán.
También están los que nunca confesarán que fueron rescatados. Esos dignos y acomplejados alpinistas ‘pro’ que son capaces de descolgarse pasando la cuerda por un cordino, cortándose el mismo y casi palmando al caer hasta el suelo, y se atreven a poner a parir a los demás. O los que piden que el rescate se cobre cuando a ellos no les pidieron una peseta.
«En Francia no se cobran los rescates, y en Italia solo se cobra al que no ha tenido un accidente, enfermedad o similar»
La peseta, por cierto, era la moneda legal que hubo en España desde 1868 y hasta 2002 cuando llegó el euro. Y lo pongo porque muchos de los que leerán esto ya no la habrán conocido, y en esa época los rescates en Alpes se cobraban en francos franceses y liras italianas.
Ahora mismo, 2025, en Francia no se cobra rescate, y en Italia solo se cobra al que no ha tenido un accidente, enfermedad o similar.
Para dejar claro que no hablo desde el desconocimiento de ser rescatado, un servidor ha tirado de 112 en Alpes, hace casi 15 años, en actividades serias, que jamás justificaré, ya que a toro pasado, quizás pudo haber otras opciones. Y eso te hace pensar, mucho, siempre.
«Tirar de móvil no era tan fácil ni corriente»
También es verdad, que antes de esa fecha, ‘tirar de móvil’ no era tan fácil ni corriente. El 112, el número europeo de emergencia, se instauró definitivamente en el 2008. Puede parecer que fue hace 4 días, pero en aquellos años, aún andábamos con teléfonos que hoy en día nos parecerían arcaicos. Y si nos vamos a la cobertura, era desastrosa. En la montaña, en España, apenas había en ningún lugar. Incluso en muchas localidades pequeñas no llegaba la señal.
Veníamos de una época en el que ser capaz de salir por tus medios era una premisa prácticamente obligada si querías aventurarte en lugares recónditos con ciertas garantías.
Si te perdías, te encontrabas… o no… pero tenías que llegar a un lugar con cobertura al menos, y normalmente eso era ya un pueblo o una carretera… Si te enriscabas, te tocaba ‘desenriscarte’ casi siempre. Si te daba una pájara, parabas a recuperarte y suplicabas algo de comida a tu compañero. Si te deshidratabas, te jodías y bajabas hasta un lugar con agua. Si te daba cagalera, vómitos, o ambos, a apretar esfínteres y ‘pabajo’… Incluso si te ‘esguinzabas’, seguramente bajabas cojeando por tus medios hasta donde pudiese llegar un coche. No llamabas a un helicóptero por un esguince, que no te impedía ir aún cojeando… ¿O sí?
«Cuando te dedicas profesionalmente a ello, en ocasiones vas 7/7 durante meses; y también en vacaciones. Y eso significa quizás 300 días de campo al año…»
En mi caso particular, ya he confesado que tiré de ‘pájaro’. Débil que es uno. O inteligente: seguimos vivos. Pero también he tenido multitud de ocasiones en que no lo hice. Y no exagero. Decenas de veces. Cuando eres simple ‘amateur’, normalmente acudes a la montaña en fines de semana, festivos y vacaciones. Cuando te dedicas profesionalmente a ello, en ocasiones vas 7/7 durante meses; y también en vacaciones. Y eso significa quizás 300 días de campo al año….
Mi ‘curriculum tobillero’, mi principal debilidad de las muchas que tengo, es sumamente amplio. Durante los peores años, tras romperme el astrágalo en uno de ellos el siglo pasado y ser diagnosticado como un esguince fuerte por un inútil titulado en medicina, y reventar también el contrario por ‘adaptación natural’, significó que periódicamente anduviese cojo por la montaña.
A lo que vamos: jamás llamé por ello al Servicio de Rescate. Y para nada estoy orgulloso de ello, pues al final, el tema acaba pasando factura: Lesiones crónicas y a tocar por quirófano, qué remedio. Eran otros tiempos y otras costumbres. Ni mejor ni peor; sencillamente, diferente.
La pregunta del millón sobre el debate de los rescates
Tras todo este tostón introductorio, viene la pregunta del millón….
Antes de la era digital, la masificación del montañismo, la profesionalización y especialización generalizada del rescate en montaña en todo el terreno por diversos y diferentes grupos…
¿Éramos más duros o había menos medios?
¿Éramos más duros o había más complejos?
¿Éramos más duros o había menos cobertura?
¿Éramos más duros o había menos información?
La realidad es que personalmente sí creo que éramos más duros en el sentido de que la vida no era tan ‘fácil’ como ahora; el material era infinitamente más incómodo y pesado; y no había la oferta ni el poderío económico de hoy en día.
En la España ‘profunda’, el que salía al monte o a correr era un ‘tarao’ o un ‘fumaporros'»
En la España ‘profunda’, el que salía al monte o a correr era un ‘tarao’ o un ‘fumaporros’. Nuestras madres, como norma general, no trabajaban fuera de casa, y solo entraba un sueldo, con lo que para conseguir material para ir a Alta Montaña o escalar generalmente pasaba por estar en un club y alquilarlo o que te lo prestasen. Tampoco había formación generalizada ni información como hoy en día. Y se llevaba mucho el autodidactismo y el que te enseñasen con mayor o menor pericia los colegas mayores….
Los rumores de que si llamabas al rescate te lo cobraban hacía su labor intimidatoria. Cuando se hablaba por los mentideros montañeros de un rescate, siempre era por un rescate de una magnitud que te hacía pensar el avisar por una torcedura. El que en el pueblo solo estuviese el teléfono del bar hasta los 90 también dice mucho de lo que podías esperar de los medios de comunicación.
Hoy en día, hay poderío económico, los padres aflojamos la cartera con facilidad. El material es bueno, ligero,… barato si no me voy a marcas. La información brilla por su exceso, la escalada está de moda y cualquier mozo o moza en tres meses está en el 7º en el roco.
«Si ese matao del ‘fesibuk’ sube por ahí… ¿Cómo no lo voy a hacer yo?»
Con la tecnología actual, con un teléfono cualquiera se puede seguir ‘tracks’ a cualquier punto del planeta, mirar qué complementos alimenticios ingerir o qué isotónico es el mejor para pegarme la gran sobrada en el pico más alto del país. Todos escribimos y saturamos las redes con ‘reels’ y post de nuestras aventuras, rutas y vías de escalada al alcance de cualquiera.
Un vuelo a Ginebra vale 60 pavos. Y en Chamonix me alquilan todo el material pepino que quiera. Si ese matao del ‘fesibuk’ sube por ahí… ¿Cómo no lo voy a hacer yo?
Volviendo a la pregunta de si éramos más duros o simplemente había menos medios, quizás sencillamente la vida ha cambiado. El mundo ha cambiado. Y casi con total certeza, somos los que estamos ya en la cuesta abajo de nuestra existencia los que tenemos que adaptarnos a la sociedad que hay hoy en día, ya que en parte somos culpables de ellos: nuestros hijos son fiel reflejo de nosotros…. ¿O no?
Quizás ni tanto, ni tan calvo. Quizás. Que si estoy cansadito, igual puedo descansar un poquito. Que si estoy perdidito, igual tengo que buscarme un poquito. Solo si no es peor el remedio que la enfermedad, claro; la balanza siempre debería inclinarse hacia la seguridad.
Un caso real y bastante gráfico: la reflexión sobre los rescates
Para rematar el tochaco, voy a contar un caso real y bastante gráfico que sufrí en primera persona allá por el 2010, en el que bajé por mis medios hasta el coche desde lo alto de una montaña, y quizás sencillamente salió bien la jugada. No creo en la suerte cuando hay que resolver. Sí en ella cuando no depende la acción de tu gestión. Y solo lo repetiría si la opción fuera menos segura y eficaz.
28 de enero de 2010. Salimos de los refugios de nieve hacia el Chinebral de Gamueta, en pleno Pirineo Occidental Oscense con esquís, para acabar la marcha en Linza. La météo que nos habían dado por la noche vía teléfono satelital (recuerdo que no había cobertura ni 5G) era aceptable, con nubes altas y algo de viento NO.
Salimos con frío, nieve dura como un peño y se intuyen nubes lenticulares altas, señal de viento fuerte en altura.

Nuestro objetivo se ve brillante y calmado:

Llega un momento en que arrecia un chorro de aire que probablemente sobrepase los 100km/h en las rachas, ya que nos tira al suelo con relativa facilidad:

El cruce del collado es dramático, a cuatro patas, intentando que el ‘efecto vela’ de los mochilones con los esquís colgados no nos arrastre…

«De repente, me veo volando hacia el tajo con mochila puesta y todo»
En un momento dado, cuando ya pasa el último de los alumnos, me relajo y voy a comenzar a bajar. De repente, me veo volando hacia el tajo con mochila puesta y todo. Por suerte, la caída es en el borde, dándome un fuerte golpe en la rodilla.
Veo las estrellas, noto humedad en el pantalón, se me quieren saltar las lágrimas, pero no hay tiempo ni condiciones de lamentarse. Bajo como puedo con la pierna izquierda tiesa renqueando hasta que salgo de la zona de viento y alcanzo a la columna. Les digo a nuestro jefe y a mi compañero instructor que tengo algo serio y que no puedo andar; no sé si con esquís lo apañaré por la escasa nieve helada, que me bajo al coche. No me dicen nada. Nos conocemos tanto que no hace falta dar explicaciones. Si Adriano se va, no es para escaquearse y llegar antes.
La bajada no la voy a describir como épica, no lo fue. Fue lamentable, dolorosa, exigente y no sabía el porqué aún.
«Tampoco fue para tanto…»
Durante el descenso, me cruzo con tres ‘compañeros’ que, lejos de preguntarme el porqué de mi ‘huida hacia delante, casi me echan la bronca. Después se disculparon. Somos más de juzgar sin preguntar, y las disculpas casi siempre las damos tarde….. Cuando llegué a los vehículos, los auxiliares que había de apoyo, salieron a mi encuentro al verme bajar solo con una pierna tiesa como la mojama y la cara bastante tensa, según dijeron.
Como soy de documentar todo lo que creo que puede servir a posteriori (y si no, también), dejaré unos cromos de la avería y que cada uno se haga una idea de si hubiese sido suficiente motivo para llamar al 112. Tampoco fue para tanto, pero lo suficiente para coser desde el hueso hasta fuera, estar un par de semanas con muletas y aún tener el callo de la rótula.
Nada que no haya servido para aprender a contextualizar una situación adversa y la llamada al socorro… o no. La sonrisa, que no se pierda…


Por Adriano Martín Cófreces Pincho

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