Los habitantes de estas montañas, dependiendo totalmente de la disponibilidad de zonas de pasto en los puertos en verano y con la necesidad de realizar trashumancias, de largo o corto recorrido en invierno, tenían su vida salpicada de todo tipo de conflictos. Por Javier Lázaro.
La ganadería pirenaica medieval y la resolución de sus conflictos. La autogestión de los valles
Las comunidades pirenaicas en general, y de forma más específica las de los valles de la Jacetania y Alto Gállego, tenían como base fundamental de su sustento la ganadería. Otras actividades productivas eran absolutamente complementarias: una agricultura que dificultada por las condiciones de montaña apenas producía para el autoconsumo familiar, igual que ocurría con la caza, la pesca y el aprovechamiento del bosque y sus productos.
La ganadería con la venta de la carne, y la de sus otros productos derivados como el cuero, la lana, la leche y los quesos, era la única vía de la que disponían para poder obtener el resto de los productos necesarios para la vida diaria y que no se producían en el territorio.
En contraste con la realidad actual, a partir del siglo XIII, un cambio en la moda de las formas de vestir generó un mercado de la lana tan importante que algunos mercaderes llegaban a comprar por adelantado la producción del año siguiente.

Así, la ganadería era el eje alrededor del que giraba la vida de la comunidad. Era lo que unía a todos sus miembros generando una fuerte cohesión entre ellos, principalmente a nivel del pueblo, pero también de las agrupaciones de varios de ellos próximos y del conjunto de todo el valle. El valle constituía en sí mismo una institución y tenía sus propios instrumentos de gobierno.
Los conflictos ganaderos
Los habitantes de estas montañas, dependiendo totalmente de la disponibilidad de zonas de pasto en los puertos en verano y con la necesidad de realizar trashumancias, de largo o corto recorrido en invierno, tenían su vida salpicada de todo tipo de conflictos.
Si un conflicto no se resolvía, la aparición de la violencia y la prolongación del enfrentamiento estaban asegurados. Una prolongación de la violencia que afectaba a la actividad de toda la comunidad: primero del pueblo y luego del valle o valles, y que generaba una importante alteración de la normal actividad ganadera y comercial.
El problema era que llevar la resolución del conflicto a las autoridades superiores suponía retrasar mucho su superación. Como lo que estaba en juego era el normal trabajo del que dependían, las comunidades ganaderas pirenaicas se vieron obligadas a buscar formas mucho más rápidas y autónomas de resolución.
Las pacerías
Las pacerías eran acuerdos que regulaban por escrito – suponemos que antes fueron verbales- el uso de los pastos por los diferentes usuarios con derechos reconocidos para ello. En los textos se recogían además todo un catálogo de penas por los diversos tipos de incumplimiento.
En el caso de que la pacería fuera a nivel de todo el valle, la responsabilidad era colectiva. Si el infractor no tenía recursos para realizar el pago de la pena, la responsabilidad recaía en el conjunto del pueblo, y si este tampoco tenía recursos suficientes era el valle quien tenía que asumir el castigo. Evidentemente, de esta forma era el conjunto de los ganaderos del pueblo o valle los interesados en evitar las infracciones. Y a la vez alcanzar un acuerdo.

Las vistas
Como al parecer, no todos los ganaderos estaban predispuestos a cumplir siempre las normas colectivas, al cabo de cada año se producían infracciones más o menos menores y de muy diversos tipos. Como, por ejemplo y con bastante frecuencia, el desplazamiento de las marcas o mojones que delimitaban las zonas de pasto a las que el ganadero tenía derecho de las que le estaban vedadas.
Las vistas eran una reunión anual que realizaban los delegados de las dos partes afectadas, normalmente en un punto concreto de sus límites. En la vista se revisaban las posiciones de los mojones y se estudiaban las reclamaciones que los afectados habían presentado a lo largo del año y decidían sobre ellas.

En ocasiones se producían conflictos en los que las partes mantenían sus pretensiones con rigor, intensificando un conflicto que repercutía en otros muchos más. Como lo importante era poder reanudar la actividad normal, había que buscar otra vía y la encontraron.
Los tribunales arbitrales
Cuando el conflicto alcanzaba una gran dimensión, para resolverlo las dos partes enfrentadas aceptaban someter el problema al juicio de un tribunal arbitral. Normalmente el tribunal estaba formado por varias personas previamente acordadas por las dos partes en litigio que tenían que jurar que aceptarían la resolución que emitieran. Los miembros del tribunal eran de otros valles diferentes a los enfrentados, y su resolución era de obligado cumplimiento como las partes habían convenido al inicio. Así fue en el caso de Astún.
En otros casos la mediación se le asignaba a otro valle vecino pero ajeno al conflicto, como fue el caso de Ansó que dictó sentencia en el acuerdo de las Tres vacas entre los valles del Roncal y de Baretous de 1375.
Su larga duración
En todos estos procedimientos para dictar una sentencia aceptada por todos, se refleja el grado de funcionamiento de los valles independientemente de sus autoridades superiores, perfectamente conocedoras del procedimiento y de su eficacia. De hecho, aunque, con la centralización creciente de la monarquía española y del sistema judicial perdieron legitimidad este tipo de acuerdos, las autoridades locales siguieron admitiéndolos hasta varios siglos después. Un reconocimiento a la eficacia de un sistema en el que la decisión se encargaba a perfectos conocedores de la problemática considerada y de toda confianza para las partes en litigio.
Por Javier Lázaro

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