El teniente jefe del GREIM de Jaca, Baín Gutiérrez, volvía a Pakistán para continuar con el proyecto solidario de cooperación en montaña que ya le llevaba el pasado otoño a una de las zonas más pobres del planeta. Un proyecto enmarcado en la labor que la Fundación Sarabastall desarrolla sobre el terreno, y que contempla la formación de guías, porteadores y rescatadores locales. El militar Álvaro Corrochano, los bomberos Óscar Cardo y Carlos Flórez y el escalador Javier Paz completaban la expedición a las cordilleras del Karakórum y el Himalaya pakistaní (República Islámica de Pakistán).

El proyecto en Hushé
El teniente jefe del GREIM de la Guardia Civil de Jaca, Baín Gutiérrez; Álvaro Corrochano, militar del Ejército de Tierra destinado en el Refugio Militar de Candanchú; Óscar Cardo, bombero del Ayuntamiento de Albacete; Carlos Flórez, bombero de la Diputación de Toledo y el escalador madrileño Javier Paz acaban de regresar de Pakistán. En el Valle de Hushé, una de las zonas más hostiles y pobres de la Tierra, han instruido a guías de montaña locales, porteadores de altura y a los 10 profesionales que forman parte del Gondogoro Rescue Team.
Sus alumnos son, de alguna manera, lo que podría considerarse aquí los servicios de emergencias sobre el terreno, pero en Pakistán. Los encargados de dar asistencia y apoyo a los montañeros que tratan de ascender o circundar sus montañas: el K2, el Broad Peak, los Gasherbrum I y II,… Durante ocho días, 45 de ellos -se presentaron más de 60 candidatos- recibían una extensa y rigurosa formación en técnicas de alpinismo y montaña invernal impartida por el teniente jefe del GREIM de Jaca y su equipo.
«Nos encontramos a un porteador de altura que se había hecho siete ochomiles»
«Nos encontramos a un porteador de altura que se había hecho siete ochomiles. Otros, habían subido varias veces al K2,… sueños para el resto de los mortales. Es pura fuerza. Nos hemos cruzado con porteadores de 60 años que han hecho diez ochomiles, pero luego les hablabas de hacer un nudo sencillo y no tenían ni idea», explica el teniente jefe del GREIM. «Es la ley del más fuerte. Llega el invierno, y unos sobreviven y otros no. Para progresar por las cuerdas, lo hacen. Pero no pueden organizar, por ejemplo, un puesto de mando de rescate ni coordinarse cuando surge un problema a uno de ellos o a uno de sus clientes. Con todo, ellos lo lo hacen, como pueden. A veces sale bien y a veces no. Todos los días hay accidentes mortales», añade el guardia civil.
Ahí, en una de las zonas más pobres de Pakistán, es donde entra en juego la experiencia de los profesionales españoles. Baín Gutiérrez y sus compañeros a estuvieron allí el pasado verano, pero su proyecto es a largo plazo. Ahora, le daban continuidad regresando en invierno, en busca de la nieve y el hielo. Si en 2024 les enseñaban cuestiones tan básicas cómo hacer un nudo con seguridad, en esta ocasión tocaba aprender a moverse con piolet y crampones o prácticas de autodetención con nieve. Conocimientos que pueden salvarles la vida, literalmente.
El valle de Hushé se esconde entre los ochomiles del techo del mundo
El valle de Hushé, se localiza en Pakistán, por encima de los 3.000 metros de altura. Una tierra agreste, dura, que esconde entre los ochomiles del techo del mundo. Un territorio por le que transcurre el río que le da nombre, que atraviesan la mayoría de las rutas de las expediciones y los trekking de altura -es el camino más rápido- en torno al Masherbrum, al K2, al Broad Peak y a los Gasherbrum. En el pueblo, las casas son de adobe y barro. Las condiciones se endurecen aún más en invierno, con la nieve y temperaturas que pueden rozar los 20 grados bajo cero.
A unos pocos euros el porteo, y con unos métodos muy precarios, los hombres de las aldeas de Hushé aseguran la supervivencia de su familia durante el resto del año. Sin apenas formación, más allá que los conocimientos que se han ido transmitiendo de generación en generación, con apenas 15 años los niños dejan de serlo para enfrentarse a la montaña en las condiciones más difíciles. Pobreza, economía de subsistencia y aislamiento social que han endurecido a un pueblo con una identidad tan dura como el entorno hostil que les rodea.
En un contexto donde los índices de siniestralidad se disparan -ni siquiera se sabe cuántos han perdido la vida en lo que se conoce como zona de la muerte, por encima de los 6.000 metros de altura-, cualquier mínimo incidente es fatal. De ahí la importancia de la formación y la instrucción que, hasta ahora, no había llegado hasta uno de los valles más espectaculares y bellos, pero también más hostiles y pobres del planeta. Como muestra, basta señalar que se partía desde cero, «enseñándoles a colocarse los crampones o qué es un piolet».
La Fundación Sarabastall en Pakistán
El trabajo de los españoles en Hushé forma parte de un proyecto humanitario mucho más amplio que desarrolla en Pakistán, desde hace años, una ONG aragonesa, la Fundación Sarabastall. Esta organización trabaja en el valle de Hushé, una de las zonas más pobres Pakistán, desde hace más de dos décadas, centrándose fundamentalmente en la educación a menores, la sanidad y la agricultura. Hace cuatro años, Sarabastall impulsó un ambicioso proyecto de cooperación en el medio montañoso. Cuenta con el apoyo en la zona de Sebastián Álvaro Lomba, creador y director de los documentales de Al Filo de lo Imposible, de Televisión Española (TVE).
El objetivo pasa paliar, en lo posible, la siniestralidad en montaña en la zona. Empezando por la autoprotección, hasta llegar al dominio de procedimientos. Sencillos, porque en uno de los lugares más pobres del planeta son impensables los grandes recursos, pero que sin duda pueden salvar vidas. Y para conseguirlo, la formación es fundamental.
La realidad de Hushé resulta impactante incluso para el más experimentado
La realidad de Hushé resulta impactante incluso para el más experimentado. El teniente Gutiérrez explica cómo «te encuentras por las calles en medio de la nieve alguno que camina en chanclas, o bebés con ese frío» apenas sin ropa de abrigo. Pero no por no tener acceso a zapatos, sino porque ellos han sabido adaptarse a las condiciones más duras.
«Hace unos años alguien les hizo una donación de esquís y botas. No había para todos, pero se las ingeniaron para sujetarlos y ahí te los encontrabas esquiando por el pueblo; y a los niños lanzándose por las pendientes», explica Baín Gutiérrez.
Baín, Álvaro, Óscar, Carlos y Javier son conscientes de que su papel es fundamental para mejorar la calidad de vida de estas personas, a las que les ha tocado vivir en uno de los lugares más hostiles del planeta. Así que no dudan en dedicar su tiempo y sus recursos -también en el ámbito personal- en ponerse al servicio de los habitantes del Valle de Hushé. Saben que están salvando vidas. Son pocos días y hay que aprovecharlos al máximo. Cada minuto es muy valioso cuando sabes que todo cuenta para ayudar a quien menos tiene. Sobre todo, cuando lo que puedes aportar puede suponer la diferencia entre la vida y la muerte.
De Jaca a Pakistán: Material de montaña para el pueblo de Hushé
El teniente y su eguipo entregaron al pueblo de Hushé material de montaña donado por diferentes instituciones y clubes para facilitar y hacer más seguro el trabajo que realizan estos profesionales de la montaña pakistaníes: casi mil kilos de cascos, crampones, piolets, arneses, botas de montaña, mosquetones, tornillos de hielo, poleas, guantes y cuerdas. También se les hizo entrega de una camilla de rescate.
Además, durante la estancia en Pakistán, el grupo realizó una actividad de esquí de montaña a gran altitud, en la meseta del Deosai. Es la segunda más alta de la tierra, después de la vecina meseta tibetana). Está situada en el punto que separa las cordilleras del Himalaya pakistaní y el Karakorum, con una altitud promedio de 4.200 msnm. La actividad consistió en unir la localidad de Chilam (Valle de Astore) con el lago helado de Sheosar, en régimen de autosuficiencia durante cinco días, con esquís de montaña y trineos de carga (pulkas).
Un proyecto de largo recorrido en Pakistán
Pero esto no termina aquí. «Hemos planteado un proyecto para ‘equipararlo’ -por llamarlo de alguna forma- a una reglamentación más oficial. Allí no hay normativa en educación en montaña, pero hemos querido asemejarlo un poco a las formaciones que se dan en Occidente. Tenemos unos contenidos y una formación que se van a ir impartiendo poco a poco a estos profesionales, como pasó en su momento en Sudamérica», señala Baín Gutiérrez.
«Poco a poco han ido tomando conciencia de lo importante que es la formación que les damos; y también del esfuerzo -tanto económicamente como a todos los niveles, incluso de riesgo- que nos supone a nosotros estar allí. De hecho, hemos hecho mucha amistad con muchos de ellos y hasta nos quedamos en sus casas. Hay algunos que son muy inteligentes, muy vivos, muy mañosos y muy ágiles y fuertes físicamente. Cuando nos vamos, son a ellos a los que dejamos encargados de hacer prácticas y ayudar a los que están peor hasta que nosotros volvamos», añade.
Escuchar al teniente Gutiérrez y a sus compañeros con la ilusión que relatan el trabajo que realizan en Hushé puede dar la sensación de que el escenario es más optimista de lo que parece. Sin embargo, la realidad es que se mueven en una zona donde los accidentes están a la orden del día en las carreteras, donde los desprendimientos de rocas son continuos y donde todo «alcanza unas dimensiones estratosféricas» -definen-. Y no se refieren solo a las montañas. La realidad es que viajan con riesgos objetivos a los que hay que enfrentarse cada día. Pero «eso no lo piensas… porque si no, no irías», aseguran. Pesa más su vocación de servicio y el poder ayudar a los demás. Salvando vidas más allá de nuestras fronteras.
Por Rebeca Ruiz
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