El maestro está solo. (Artículo de opinión de Juan José Mairal Herreros)

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por Juan José Mairal Herreros

Esta frase parece algo llamativa, pero no lo es tanto si nos atenemos a la cruda realidad y al análisis de los males de la llamada hipermodernidad.  Parece ser que se ha roto el pacto generacional y esto ha influido en el discurso educativo. Los padres y los profesores ya no suelen trabajar juntos en la educación de los jóvenes. En general, los padres, más bien, somos los aliados de los hijos contra los profesores. Es algo así como un cambio inaudito, los padres nos hemos convertido en sindicalistas de nuestros propios hijos.

Normalmente, cuando un profesor asume la responsabilidad de suspender a un alumno o de iniciar un proceso o procedimiento de disciplina, las familias le miran con cierta sospecha, como si se preguntaran: ¿No estará abusando de su posición de poder? o ¿no estará infravalorando la calidad y el valor de nuestro hijo?. Ciertamente existe, cada vez más, una profunda soledad del profesor. A día de hoy, son los profesores los que son consumidos por el aparato de la escuela y la única forma de resistir es no perder el deseo por lo que se enseña y hacer equipo con otros profes para sentirse menos solo. Y es que hay un signo de ruptura: el reivindicar la libertad de nuestros hijos es negar la función educativa de la escuela. El niño o el joven es el rey de la familia, todo debe ser sometido a sus exigencias, ya no es el hijo o el niño el que tiene que hacer cuentas con la realidad, sino que es la propia realidad la que tiene que adaptarse o plasmarse según los caprichos del hijo.

Y es que por muchas leyes educativas que se hagan (y llevamos unas cuantas), estas leyes apenas hablan de los docentes y eso lleva a no tener en cuenta su importantísimo papel y a no valorarlo en su justa medida. Invertir en la escuela es invertir en futuro. El hacer a nuestros jóvenes cultos rompería ese vacío de cultura que luego genera problemas como la droga, el alcohol, la violencia, la dependencia de internet, etc. Y es que en el estudio se requiere esfuerzo y acompañamiento. El aprendizaje no es un twitter de 140 caracteres, exige un largo tiempo. Se necesita constancia, empeño, dedicación.

Se dice que el buen profesor no considera a los alumnos como cabezas que hay que llenar sino como fuegos que hay que encender. La crisis de le escuela coincide con la crisis de la palabra: hoy todos hablamos demasiado, pero pocos asumimos las consecuencias de nuestras palabras. La escuela se dirige hacia el mito exclusivo de la productividad y del rendimiento, pero quizás debería ser un espacio de tiempo improductivo, de lectura, de estudio donde el tiempo improductivo sea fecundo, imaginativo e ilusionante. Hay que volver a esa unión del maestro con la familia, del caminar juntos para el bien de nuestros hijos, por el bien de esos futuros ciudadanos que, en caso contrario, van a basar su cultura y sus actos en plataformas como google, youtube, facebook, algunos likes y poco más allá de una pantallita de smartphone.

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